El sistema hidroneumático, introducido con el DS en 1955, distinguió a Citroën durante décadas y fue una de las señas de identidad de una marca original e innovadora. Para bien y para mal, Citroën no hacía las cosas como los demás.

Desde la invención del automóvil, si hay uno al que se le pueda aplicar el calificativo «revolucionario», es el Citroën DS. Entre sus muchas cualidades hay dos que destacan: la originalidad del diseño y su sistema hidroneumático.

Al combinar los muelles neumáticos (esferas llenas de nitrógeno con una membrana elástica) con un sistema hidráulico presurizado se logra otra ventaja para la suspensión: altura constante e independiente de la carga estática. Cuando los muelles se comprimen, la bomba hidráulica añade fluido al sistema hasta que la carrocería recupera su altura de trabajo. Gracias a ello, las ruedas trabajan siempre desde la misma posición, sea cual sea la carga.

Es difícil imaginar la impresión que causaría a quienes lo vieron por primera vez en el Salón de París, en octubre de 1955. Era como si se hubiera puesto a la venta un prototipo del futuro.

Algunos fabricantes utilizaron la misma suspensión que Citroën o algo parecido. Rolls-Royce trató de crear una para darse cuenta de que no podían superar a la de Citroën, por lo que llegaron a un acuerdo para implementarla desde el Silver Shadow de 1965. Mercedes-Benz ofreció como opción un sistema semejante para el 450 SEL 6.9 (W 116) de 1975, el Clase S de 1980 (W 126) y el Clase E (W 124), aunque en este último caso solo como sistema autonivelante en el eje trasero.

Citroën tomó la decisión de ofrecer una versión más simple y menos costosa: el ID de 1957. Conservaba la suspensión hidroneumática, pero sin el resto de los elementos del circuito hidráulico: la dirección no tenía asistencia inicialmente  opcional desde 1963), había una caja de cambios manual con pedal de embrague y un circuito hidráulico específico para frenos, pero sin asistencia de ningún tipo y con un pedal normal.

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